Aventura

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Encendió un fuego en la playa y mandó que se echara en él todo lo que había dentro de las canoas de los invasores. Sus trabajadores negros destruían, rasgaban y pulverizaban todo cuanto cogían. Las propias canoas, astilladas y llenas de arena, fueron remolcadas mar adentro y hundidas a más de diez brazas de profundidad.

—Ya tendrán que bucear bastante para rescatarlas —dijo Sheldon de regreso a la empalizada.

Mientras tanto, las danzas guerreras habían derivado hasta el más loco desenfreno, y del insulto pasaron a la acción, y comenzaron a lanzar a sus enemigos indefensos piedras, palos y pedazos de coral. Los setenta y cinco caníbales, todos ellos fuertes y atléticos, se agarraban a las ramas, soportando el chaparrón de proyectiles y respondiendo con juramentos de venganza.

—Este es el inicio de una guerra de por lo menos cuarenta años en Malaita —declaró Sheldon con una sonrisa—; aunque no creo que Telepasse vuelva a intentar amotinar otra plantación. ¡Eh, tú, perro! —añadió, interpelando al viejo jefe, que temblaba de rabia al pie de la escalera—. Ahora sí que te golpeo la cabeza. Vamos, Joan, dele usted aunque sea el último golpe, para terminar nuestro escarmiento.

—¡Vaya! Está demasiado sucio. Sería mejor bañarlo. Tú, Adamu Adam, acércate. Lava a este demonio de pies a cabeza… ¡Con agua y jabón! Llena este barril, Ornfiri, y vete a buscar estropajos.


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