Aventura

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Viaburi apareció con dos linternas para que el amo les echase un vistazo, y al ver este que ardían con luz clara e intensa llama, dio su conformidad con un gesto de asentimiento. El muchacho levantó una de ellas hasta la punta de un mástil y colocó la otra en un rincón de la galería.

El blanco se tumbó dando un suspiro de alivio. Acababa de terminar el trabajo de aquel día. Apoyado en la cabecera de su cama tenía un fusil, y también tenía una pistola siempre al alcance de su mano. Pasó una hora de paz y silencio absolutos. El hombre se encontraba en un estado de letargo parecido al coma. Inesperadamente le sobresaltó un crujido procedente de la parte trasera de la galería. El cuarto tenía forma de L y su cama se encontraba en un rincón oscuro, ya que la lámpara pendía sobre la mesa de billar, en el ángulo central, y alumbraba toda la habitación sin molestarle. La galería estaba perfectamente iluminada. Escuchó nuevamente con atención. Los crujidos se repetían, y enseguida se dio cuenta de que varios hombres le espiaban desde el exterior.

—¿Qué pasa? —gritó, seca y enérgicamente.

Toda la cabaña, levantada sobre pilares de unos diez pies de altura, crujió al escucharse los pasos que se alejaban.

—Cada día son más atrevidos —masculló—. Tendré que tomar medidas.


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