Aventura
Aventura —Déjeme terminar —atajó ella—. Si se fija en mi actitud desde que llegué aquÃ, no encontrará el menor hecho ni comentario que pueda haber escondido mi voluntad o mi carácter. Desde que llegué fui franca con usted. Y cuando finalmente concreto mis intenciones, me viene con que no sabe si realmente quiero ser plantadora, o si solo soy una mujer cabezota con sus caprichos. Pues le aseguro que pienso ser plantadora, con su ayuda o sin ella. Y ahora, ¿desea tenerme como socia?
—¿Es que no se da cuenta de que si admito a una muchacha como usted en Beranda pensarán que estoy loco?
—No y mil veces no. Ya se está atormentando de nuevo con los comentarios de cualquier necio malintencionado. Yo pensaba que la prosperidad de Beranda le importaba más que la opinión de esos ociosos que navegan por los mares como barriles de whisky.
Sheldon sonrió y contestó:
—Realmente es inútil. Habla usted con los argumentos de la juventud, que nadie puede discutir, a pesar de que la realidad de la vida se enfrente constantemente a ellos. Pero en estos argumentos no logran entrar esas realidades. La juventud debe vivir de acuerdo con su lógica.
—¿Y le parece mal?