Aventura

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—¡Ya lo creo que sí! Los hechos siempre terminan acabando con la lógica de la juventud y, además, con el corazón de los jóvenes. Eso es lo que pasa también con algunas amistades platónicas…: teóricamente son maravillosas, pero en la práctica terminan resultando imposibles. Yo también creía en todo ello; por eso me encuentro ahora en las Islas Salomón.

Joan se estaba impacientando, incapaz de entender lo que le decía. Para ella la vida era demasiado simple y clara. Solo le movían los argumentos de la juventud, con su lógica pura e invencible. Era el alma de una muchacha en un cuerpo de mujer. El hombre admiraba aquel rostro encendido y despejado, las gruesas trenzas que se enroscaban en la cabeza, las suaves curvas que asomaban por el escote de su bata casera, los ojos —ojos infantiles bajo el bello arco de sus cejas—, y se lamentaba de que aquella hermosura no hubiera madurado todavía como mujer. ¿Por qué diablos no sería pelirroja, o bizca, o sencillamente fea?

—Imaginemos que somos los socios de Beranda —comenzó él, experimentando cierto miedo mezclado de satisfacción por lo que iba a sugerir—: o yo me terminaría enamorando de usted, o usted de mí. Como sabe, tanta proximidad es peligrosa. De hecho, es esta proximidad lo que no encaja nada bien con sus argumentos de juventud.


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