Aventura

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Se levantó y encendió un pitillo. Su mirada se encontró con el sombrero «Baden Powell» y el cinturón, que estaban colgados de la pared. Todo aquello era muy complicado. Tampoco quería que Joan se fuese. En el fondo, no dejaba de ser una niña; una niña cuya lógica a veces resultaba profundamente ofensiva. Era necesario adoptar una determinación: no podía permitirse perder la serenidad. Era una niña y tenía que entenderlo. Suspiró. ¿Por qué demonios aquella niña había alcanzado aquella figura de mujer? ¡Y… qué preciosa mujer!

Mientras examinaba el sombrero, sintió que se evaporaba su enfado, y atormentó su cabeza en busca de una salida para tan complicada situación… ¡Un barco! Pero ¿por qué no? Podría solicitar uno, aprovechando el primer vapor en dirección a Sydney. Podría…

La jovial risa de la muchacha interrumpió sus reflexiones y le hizo correr hasta la puerta. Escondido detrás de esta, pudo verla irse hacia la playa. Detrás iban dos de sus hombres: Papehara y Mahameme, con sus lava-lavas dorados y sus puñales sin funda brillando en sus cintos. Aquella insistencia en nadar a todas horas, y especialmente después de comer, a pesar de las sucesivas advertencias que Sheldon le había hecho respecto a los tiburones, era una muestra más de su testarudez.


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