Aventura
Aventura En el proceder de aquella joven había algo que le encogía el corazón. Le aterraba imaginarla codeándose con aquel hatajo de borrachos de Guvutu en el que se mezclaban comerciantes y marineros. Si aquel ambiente resultaba repulsivo para un hombre decente, para una muchacha que era casi una niña resultaba terrible. El robo del Flibberty había sido una peripecia divertida pero la forma en que la había llevado a cabo no terminaba de gustarle. A pesar de ello, encontró un atenuante en el hecho de que hubiera dejado a cargo de aquellos tres rufianes la misión de emborrachar a Oleson. Pero inmediatamente se la imaginó con ellos tres a bordo de la Emily, y a pesar de que el recuerdo de Adamu Adam, de Noa Noah y de los otros tahitianos mitigó su ansiedad, finalmente prevaleció la indignación que le producía saberla capaz de semejante actitud. Y todavía aumentó más su enfado cuando su mirada volvió a posarse en el clavo desnudo de la pared, en el que la muchacha acostumbraba a colgar su cartuchera y su sombrero.