Aventura
Aventura Sheldon obedeció sus instrucciones, le llevó rápidamente botellas de agua caliente y se sentó en la galería, intentando sin éxito interesarse por la lectura de diarios de Sydney que le llegaban con dos meses de retraso. Constantemente levantaba su mirada para examinar la choza vecina, y acababa por pensar lo mismo que pensaban todos los blancos de aquellas islas: que las Salomón no eran un lugar indicado para ninguna mujer.
Dio unas palmadas, y Lalaperu apareció inmediatamente.
—Acércate hasta las chozas y tráeme a las Marías. A todas —mandó.
Pocos minutos más tarde se presentaron ante él doce negras de Beranda. Las examinó cuidadosamente y se decidió por una joven, cuyo cuerpo no mostraba señales de haber padecido ninguna enfermedad.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Mahua.
—De acuerdo, Mahua. Ayudarás ahora a nuestro cocinero, y permanecerás en adelante junto a la María blanca. No quiero que te separes de ella, ¿está claro?
—Sí —respondió la negra.
—¿Qué ocurre? —preguntó Sheldon a Viaburi, que acababa de abandonar la cabaña de Joan.
—Mucho enferma —respondió el criado—. Habla el tiempo todo, y solo habla de la grande goleta.