Aventura

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Una milla más adelante, donde el rastro de los fugitivos se rompía en dirección al bosque, hallaron el cuerpo de Kwaque. Sheldon lo reconoció inmediatamente, al verlo sin cabeza, y supuso que se había defendido con todas sus fuerzas, a juzgar por las otras heridas.

Cuando se encontraron en lo intrincado de la espesura, abandonaron sus monturas y las dejaron al cuidado de Papehara, mientras Sheldon y Joan, acompañados por los otros tahitianos, continuaban a pie por una ladera que llevaba hasta una depresión pantanosa, donde el río Beranda se estancaba en sus crecidas. Encontraron un rastro de sangre que terminaba en una cola de cocodrilo. Seguramente los fugitivos lo habían sorprendido mientras dormía al sol, y se habían detenido un momento para descuartizarlo. Encontraron incluso el lugar donde probablemente se había sentado el otro negro herido, en espera de que se reanudase la marcha.

Después de una hora caminando, Sheldon se detuvo repentinamente. Los tahitianos se dedicaron a registrar el bosque por todos los alrededores, y un alarido de Utami les indicó que había encontrado algo. Joan esperó en el camino a que Sheldon regresara.

—Es Mauko —anunció—. Kwaque debió de herirle, y el negro logró arrastrarse hasta aquí, desangrándose hasta la muerte. Ya son dos menos. Todavía faltan diez. ¿No le parece a usted que ya tiene bastante con todo esto?


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