Aventura
Aventura La expedición regresó. Nadie era capaz de obligar a los indígenas a seguir avanzando, y Sheldon pensó que sería un disparate intentar continuar él solo con sus cuatro acompañantes tahitianos. Se giró, entonces, enojado, y desde la extensa pradera, cuya hierba le llegaba a la cintura, contempló desanimado la Cabeza de León, una cresta que descollaba contra el azul del cielo desde el centro de Guadalcanal, hito y guía de los marineros, nunca hollado por botas civilizadas.
Aquella noche, después de cenar, mientras Sheldon le echaba una partida de billar a Joan, Satanás comenzó a ladrar desesperadamente en el patio. Lalaperu se acercó para ver qué era, y se encontró con un indígena exhausto que deseaba hablar con el «más importante amo blanco». Solo su insistencia permitió que Sheldon aceptase recibirle a aquellas horas intempestivas. Al salir a la galería se encontró con un rostro demacrado y un cuerpo agotado, que le hicieron comprender que se trataba de algún mensaje importante. Aun así, le preguntó enojado:
—¿Qué estás haciendo en mi casa después de anochecer?
—Me llamo Charley —replicó el negro, a modo de excusa—. Soy de Binu.
—Muy bien, ¿y qué? ¿Qué es lo que quieres? ¿Dónde está el amo blanco?