Aventura

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Y se tropezó con el rostro pálido, demudado, de Joan, que contemplaba asustada aquellos despojos de lo que segundos antes era un hombre.

—Fui yo misma quien contrató a ese muchacho —dijo en un suspiro—. Descendió de la montaña y vino a ofrecerse a bordo de la Martha. Me enorgullecía mucho, porque fue el primero que recluté…

—¡Fijaos en esto! —interrumpió Charley de Binu, echando a un lado el matorral y mostrando al descubierto junto al sendero un arco que ningún hombre habría conseguido doblegar.

El indígena de Binu explicó el mecanismo de aquella trampa y mostró el cordel escondido entre las hojas, que había sido disparado por el pie de Koogoo.

Siguieron caminando por la selva virgen, sumida en el resplandor del alba, sin una nube ni un claro que permitiese tamizar la luz meridiana. Los tahitianos parecían asustados por aquel silencio, y por la oscuridad y el misterio de aquella selva, pero intentaban mostrar valor e indiferencia. Los salvajes de Poonga-Poonga, sin embargo, no tenían miedo. Ellos pertenecían también a la jungla y estaban acostumbrados al silencio del enemigo, aunque sus trampas eran diferentes de las que había escondidas en aquellas montañas. Los que más miedo tenían, sin embargo, eran Sheldon y Joan; pero como blancos, nadie pensaba que pudiesen dejarse dominar por aquellos sentimientos.


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