Aventura

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Sheldon avisó a los guerreros de Poonga-Poonga para que se acercasen, advirtiéndoles que no tenían que disparar sus armas mientras el salvaje no intentase huir. Joan le dirigió a Sheldon una sonrisa de inteligencia. Eran como cazadores de hombres contra cazadores de hombres. Los negros se fueron colocando en los emplazamientos que les había designado, preparados para saltar la empalizada y rodear a su presa. En sus rostros se reflejaba toda la vitalidad que corría por sus venas y toda la luz de su inteligencia, dándoles una apariencia arrebatada en aquella emboscada. Se trataba de un juego trascendental para ellos: asunto de vida o muerte. El único entretenimiento digno de ellos, aunque venciesen de la forma más cobarde, matando por la espalda en la oscuridad de la jungla, puesto que nunca se atrevían a desarrollarlo en campo abierto.

Sheldon hizo la señal, y los diez negros se abalanzaron sobre la empalizada, en compañía de Charley. El agudo oído del salvaje le avisó del peligro, se levantó de un salto con el arco y la flecha en la mano, y en un parpadeo tensó su arma y la disparó. El salvaje contra el que había apuntado se agachó, evitando la flecha, y antes de que pudiese volver a disparar, cayeron sobre él sus enemigos, arrojándolo al suelo y reduciéndolo.

—¡Pero si es un viejo! —exclamó Joan—. Fijaos en su nariz… parece un asirio.


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