Aventura
Aventura —Hemos vivido un auténtico infierno —dijo el capitán, haciendo una pausa para recuperar energÃas con otro vaso de whisky—. Un auténtico infierno, amigo mÃo; puede creerme. Nos tropezábamos con rachas de viento contrario, en medio de la calma chicha, errando a la buena de Dios durante diez dÃas, y acosados por más de diez mil tiburones, atraÃdos cada vez en mayor número por los cebos que nos veÃamos obligados a echarles. TodavÃa mordÃan nuestros remos cuando desembarcamos. ¡Quiera Dios desatar un Noroeste que lleve hasta el quinto infierno esas malditas islas!… Toda la culpa es del agua…, el agua del Owga con la que llené mis barriles. ¿Quién podrÃa imaginarlo? Muchas veces me aprovisioné allà en el pasado, sin que ocurriese nada. Llevábamos sesenta reclutas, y mi tripulación, de quince hombres. Nos pasábamos dÃa y noche enterrando gente. ¿De qué nos servÃan los muertos? ¡Desgraciados! ParecÃan morirse de asco. Solo tres de mis hombres se mantienen en pie, siete ya han muerto, y los otros cinco se encuentran en las últimas. ¡Vaya un infierno! ¿Qué más puedo decirle?
—¿Cuántos trabajadores le quedan? —preguntó Sheldon.
—He perdido la mitad, de forma que me quedan unos treinta, de los cuales veinte se encuentran agonizando ya.
Sheldon suspiró.