Aventura

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Sheldon se sentó para meditar. Aquello le había enfadado mucho, y cada vez que pensaba en lo que debería haber ocurrido, se enojaba más. Lo que le habría hecho gracia con cualquier otra mujer, le molestaba sobremanera con Joan. ¡Qué locura, intentar besarla por la fuerza! Querer robar un beso al pie de una escalera ya era algo divertido; pero si la mujer en cuestión era Joan, aquella comedia se convertía en un sacrilegio. Era necesario no tener el menor cerebro para hacer algo así. Sheldon se sentía además ofendido, como si hubiesen intentado robarle algo que era suyo, y en sus celos de enamorado le daba una rabia infinita aquel atrevimiento.

Así era como se encontraba, cuando retumbó con estrépito la puerta de la galería, que acababa de abrir Tudor de un puntapié, para irrumpir en la sala y detenerse furioso ante Sheldon.

—¡Muy bien, ya me dirá usted! —exclamó desafiante.

Sheldon se quedó sorprendido ante aquellas desafiantes palabras, pero decidió mantener la calma y, como si le estuviese esperando, respondió:

—Espero que esto no se repita. No es necesario que le diga lo feliz que me sentiré cuando consiga poner a sus órdenes una de mis embarcaciones, para que le traslade a Tulagi.

—¡Esa no es la solución! —contestó Tudor.

—No entiendo —dijo Sheldon sencillamente.


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