Aventura

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La dama —o la joven, por decirlo mejor— caminaba por la galería hacia donde él se encontraba, mientras sus dos escoltas se detenían en lo alto de la escalera mirando curiosamente. Que la joven parecía ofendida era algo que se podía ver en el brillo de sus ojos y en la contracción de su boca. También se veía enseguida que se trataba de una mujer de carácter. Pero lo que más sorprendía eran sus ojos, de un color indefinible, grandes y muy rasgados, coronados por dos arcos de finísimas cejas. En conjunto parecía el rostro de una estatua clásica, con toda la perfección y gracia de sus líneas. Algo más llamaba la atención al contemplar el aspecto de aquella mujer: el sombrero campesino de cowboy, las espesas trenzas de su pelo castaño y su revólver Colt, de gran calibre, que le colgaba en el costado, en el interior de su funda.

—¡Vaya hospitalidad! —exclamó, a modo de saludo—. ¡Dejarnos a merced de las olas!

—Debo pedirle… mil… excusas —logró decir David Sheldon, incorporándose con un supremo esfuerzo.

Se le doblaron las rodillas, y sintió como si se le escapase la vida. Entonces comprendió por la mirada de la joven que esta había comprendido lo que ocurría, y al buscar en su memoria las palabras con las que mostrar su agradecimiento, se vio repentinamente envuelto en tinieblas, y por primera vez en su vida perdió el conocimiento.


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