Aventura
Aventura «Magníficos remeros», pensó Sheldon al verlos avanzar de frente, dominando en todo momento aquellas montañas de espuma que se abalanzaban en locas embestidas contra la playa. La maniobra fue magistral, porque el bote, casi inundado por completo de agua, caló en la arena, y enseguida saltaron a tierra sus ocupantes, para arrastrarlo hasta las proximidades de la casa. Sheldon llamó inútilmente a los criados, que en esos momentos se encontraban en el sanatorio, y como no tenía fuerzas para bajar a recibir a los recién llegados, esperó tumbado en su silla a que terminasen de amarrar la embarcación. La muchacha se mantenía a un lado, presenciando la maniobra y mirando de vez en cuando a través de la puerta sin preocuparse por el agua que llegaba constantemente y le mojaba los pies. Sheldon se dio cuenta de que la joven le observaba disimuladamente, y poco después se acercaba a dos de los remeros, que abandonaron el bote y la acompañaron hasta la casa.
El enfermo intentó incorporarse, se levantó a medias en la silla y cayó agotado. Al acercarse le sorprendió todavía más la estatura de aquellos hombres, que parecían gigantes acompañando a una princesa. Altos y fornidos, nunca antes había visto isleños como aquellos. No eran negros del tipo de los habitantes de Salomón, sino oscuros como el azabache, de facciones desarrolladas, más armoniosas e incluso bellas.