Aventura
Aventura —¡Una expresión! —repitió él con una sonrisa—. ¡Se trata de algo mucho más que una expresión! La mayorÃa de mis trabajadores procede de la jungla, y en la jungla todos son canÃbales.
—¿Incluso después de contratados? Probablemente a ninguno de los que tiene usted aquà podrÃa acusársele de semejante actitud.
—La habrÃan devorado a usted misma, de haber tenido ocasión.
—¿Dice usted eso porque lo sospecha o porque realmente tiene experiencia en el asunto?
—Estoy convencido.
—Pero ¿por qué? ¿Qué le hace pensar de ese modo? No me diga que sus criados también lo son.
—Por supuesto que sÃ, e incluso el cocinero, que tan deliciosa comida cocina para usted. Hace apenas tres meses, once de mis hombres se hicieron a la mar y se fugaron a Malaita, patria de nueve de los desertores. Los otros dos eran de San Cristóbal, y fueron lo suficientemente locos como para confiar a los de Malaita el mando del bote.
—¿En serio? ¿Y qué pasó?