Aventura

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—No es necesario que se moleste; aquí tiene mi revólver. ¿Qué podría hacer usted con él?

—Acertar en la polea de ese mástil.

Sheldon sonrió burlonamente.

—El arma no me es familiar —dijo ella a la defensiva.

—Tiene un gatillo suave que no es necesario apretar demasiado. Es precisa y se descarga sin problemas.

—Ya veo —dijo ella impaciente—; conozco las automáticas. Cuando se calientan dan problemas.

Y le echó un vistazo al arma.

—Está colocado el seguro. ¿Tiene un cargador en la cámara?

Realizó un disparo. La polea permaneció inmóvil.

—Se encuentra demasiado lejos del blanco —dijo Sheldon intentando disminuir el disgusto de su compañera. Pero la muchacha se mordió los labios y disparó de nuevo. La bala silbó en el aire y la polea se balanceó después de un rápido chasquido metálico. Continuó tirando hasta vaciar el cargador. Seis balas acertaron en el blanco. La polea seguía colgada del mástil, aunque ahora era completamente inútil. Sheldon estaba sorprendido. Ni él mismo, ni Hugo Drummond, habría conseguido aquellas dianas. Las mujeres a quienes por casualidad había visto disparar un arma solían chillar asustadas, y cerraban los ojos disparando a tontas y a locas.


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