Aventura
Aventura Habían atravesado el patio de la casa y caminaban en medio de un cultivo reciente que carecía de sombra. No corría la más leve brisa de aire. El ambiente, cargado de olores nauseabundos, oprimía el pecho como si fuese estaño fundido. Cerca de allí se escuchó un clamor agónico, gemidos atormentados, en la misma dirección que llevaban, y de repente apareció una cabaña de ramas de techo bajo, de la que provenían los lastimeros gritos y las expresiones de dolor y sufrimiento. El hombre blanco, llamado David Sheldon, se fue aproximando hasta que los llantos y quejidos se escucharon claramente. Antes de entrar, titubeó en el umbral. La disentería, la terrible plaga de las islas Salomón, causaba estragos en sus tierras de Beranda, y él se encontraba allí solo contra este enemigo que también le atacaba.
Entró en la choza sin bajarse, agachando apenas la cabeza. Cogió de las manos del negrito un frasco de amoniaco, y después de aspirar enérgicamente, se preparó para lo que le esperaba, y gritó:
—¡Silencio!
Inmediatamente se acallaron las voces.
