Aventura
Aventura »Después nos dirigimos a las islas Marquesas. Son unas bellas islas, pero casi no quedan indígenas en ellas. Papá se quedó perplejo al ver cómo Francia establecía sobre la copra un derecho de exportación que a él le parecía medieval. Pero le gustaba aquella tierra. Le encantó en concreto un valle de quince mil acres que descubrió en Nuka-hiva, con un fondeadero fantástico, y lo compró por mil doscientos pesos. Pero el precio barato de aquella tierra se debía a que los impuestos eran tremendos, y también a que resultaba casi imposible explotarla. Los kanakas[6] que vivían allí no querían trabajar y los funcionarios del Gobierno parecían devanarse los sesos en busca de nuevos contratiempos para nosotros.
»Seis meses fueron suficientes para que mi padre considerase que la situación era desesperada. “Vayamos a las islas Salomón —dijo finalmente— a respirar un poco de la ley inglesa, y si tampoco vemos futuro en ellas, sigamos hacia el archipiélago de Bismarck. Apostaría a que en las islas del Almirante no hay siquiera vestigios de civilización”. Ya habíamos hecho todos los preparativos y habíamos contratado una nueva tripulación de indígenas de las Marquesas y de Tahití, adonde queríamos llegar lo antes posible para hacer algunas reparaciones en la Miélé, cuando el pobre papá cayó enfermo y falleció.
—¿Y usted se quedó totalmente sola?