Aventura
Aventura »Nunca llegué a saber cuánto se agenció Ericson; lo cierto es que vivía en un fastuoso hotel amueblado, y que los armadores corrían con sus gastos. Frutas, legumbres, pescado, carne y hielo entraban diariamente en aquella casa, sin que él pagase un céntimo por ello. Todo provenía de los comerciantes agradecidos. Y mientras le trataban de aquel modo, no paraba de lamentar, con lágrimas en los ojos, el mal trato que me prodigaba aquella bandada de cuervos.
»No comprendí lo que estaba pasando hasta que empezaron a robarse entre ellos. Uno de los ladrones, al que a su vez le robaron, acudió a mí una tarde para contarme lo que ocurría. Me di cuenta de que recurrir a los tribunales podría ser mi ruina, ya que los jueces eran tan corruptos como los armadores; pero tenía que hacer algo. Muy avanzada la noche, aparecí en casa de Ericson y, revólver en mano —por cierto que es el mismo que llevo todavía—, le obligué a quedarse quietecito en su cama, mientras arramblaba con todo cuanto encontraba. Me llevé más de mil novecientos francos. Él no solo no presentó queja a la policía, sino que ni siquiera regresó a bordo. La tripulación se tronchó de risa cuando se enteró de mi hazaña. Dos americanos a los que conocí, también me aconsejaron que no recurriese a la ley, si no quería perder también el barco.