Aventura

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—Le confieso que todo esto me confunde —dijo Sheldon—. ¿No podría ser usted más clara?

—¿Más clara todavía que cuando me ha dicho usted que no me dejaría ir a Guvutu?

—¿Y qué hay de malo en ello?

—Usted no tiene derecho, ni nadie lo tiene, a prohibirme hacer lo que se me antoje. Soy demasiado mayor como para andar bajo la tutela de nadie, y no me he venido a estas islas precisamente para que alguien me mande.

—Un caballero se preocupa por la seguridad de cualquier mujer.

—Pero es que yo no soy cualquier mujer…, ya se lo he dicho. ¿Ahora me permite usted que mande a su criado a buscar a Noa Noah, o debo ir yo misma a por él? Me gustaría hacerme a la mar lo antes posible.

Los dos habían terminado levantándose, ella roja de rabia y con los ojos encendidos; y él confuso, humillado y sorprendido. El muchacho seguía inmóvil como una estatua —una estatua de azabache—, sin dejar de contemplar la discusión entre aquellos blancos incomprensibles, absorto en el recuerdo de cierta aldea elevada, situada en una de las frondosas vertientes de Malaita, con columnas de humo azul subiendo desde las chozas hasta mezclarse con las blancas nubes.

—Espero que no haga semejante disparate… —dijo Sheldon.


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