Colmillo blanco

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De aquella forma fue como el cachorro gris aprendió otros atributos de su madre, aparte de la suave y consoladora lengua. En aquel insistente arrastrarse hacia la luz, descubrió en ella un hocico que, con un fuerte empujón, les propinaba sus reprimendas; más tarde, una pata, que le aplastaba y le hacía rodar tras un rápido y calculado golpe. Así aprendió lo que era el dolor y, por su intensidad, aprendió primero a evitarlo, tratando de no incurrir en nada que lo pudiera desencadenar; y segundo, cuando incurría, lo esquivaba y retrocedía. Aquellas eran acciones conscientes y los resultados de sus primeras conclusiones sobre el mundo. Antes de aquello había retrocedido automáticamente ante el dolor, como había gateado automáticamente hacia la luz. Después de aquello, retrocedía ante el dolor porque sabía que era doloroso.

Era un pequeño cachorro muy fiero. Como sus hermanos y hermanas. Era de esperar. Se trataba de un animal carnívoro. Procedía de una raza de cazadores y devoradores de carne. Su padre y su madre vivían exclusivamente de carne. La leche que había mamado, cuando su vida era una llama vacilante, era leche directamente transformada de la carne y, entonces, con un mes de edad, cuando sus ojos se habían abierto hacía una semana, él mismo comenzaba a comer carne, carne medio deglutida por la loba y desembuchada para cinco cachorros en período de crecimiento que ya exigían demasiado a sus pechos.


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