Colmillo blanco
Colmillo blanco A partir de entonces no volvieron a hablar, aunque sus oídos estaban atentos a los aullidos de caza que continuaron detrás de ellos.
Cuando cayó la noche, desviaron a los perros hacia un grupo de abetos al borde del río y montaron un campamento. El ataúd, cerca del fuego, cumplió la función de asiento y de mesa. Los perros lobo, agrupados en la zona más alejada del fuego, gruñían y reñían entre ellos, pero daban clara muestra de no querer internarse en la oscuridad.
—Me parece, Henry, que se han quedado bastante cerca del campamento —comentó Bill.
Henry, en cuclillas muy cerca del fuego mientras preparaba en un cazo el café con un bloque de hielo, movió la cabeza afirmativamente. No pronunció ni una palabra hasta que estuvo sentado en el ataúd y comenzó a comer.
—Saben dónde están a salvo —dijo—. Antes prefieren comer a ser comidos. Para ser perros, son bastante listos.
Bill sacudió la cabeza.
—Oh, no sé.
Su compañero le miró con curiosidad.
—Es la primera vez que te oigo insinuar que no son listos.