Colmillo blanco
Colmillo blanco El pelo se le erizó en la espalda, pero muy silenciosamente. ¿Cómo podía él saber que aquella cosa que olfateaba era la causante de que se le erizara el pelo? No procedía de ningún conocimiento que poseyera él y, sin embargo, era la expresión visible del miedo que sentía, para el cual, en su propia vida, no había explicación posible. Pero el miedo iba acompañado de otro instinto, el de ocultarse. El cachorro estaba aterrorizado, pero permaneció sin moverse y en silencio, congelado, petrificado en su inmovilidad, aparentemente muerto. Su madre, que volvía a casa, gruñó al oler el rastro del carcayú y corrió hacia la cueva, donde lamió y acarició al cachorro con insólita demostración de afecto. Y el cachorro comprendió que de alguna forma había escapado a un gran dolor.
Pero había otras fuerzas que funcionaban en el lobezno, la mayor de las cuales era el crecimiento. El instinto y la ley le exigían obediencia. Pero el crecimiento exigía desobediencia. Su madre y el miedo le impedían acercarse a la pared blanca. El crecimiento era vida y la vida está destinada a buscar la luz. Luego no había forma de contener el progreso de la vida que crecía en él, que crecía con cada bocado de carne que engullía, con cada bocanada de aire que tomaba. Al final, un día, el miedo y la obediencia desaparecieron ante la impaciencia de la vida, y el cachorro se arrastró cautelosamente hacia la entrada.