Colmillo blanco
Colmillo blanco El cachorro gris había vivido siempre en un suelo nivelado. Nunca había experimentado lo que era el dolor de una caída. Por eso dio un paso con audacia en el vacío. Sus patas traseras todavía estaban en la puerta de la cueva, así que cayó hacia delante de cabeza. La tierra le propinó un buen golpe en el hocico, que le hizo aullar de dolor. Entonces comenzó a rodar por la pendiente. Sintió un miedo atroz; lo desconocido le había atrapado al fin, le había agarrado con fuerza salvaje y estaba a punto de infligirle algún horrible dolor. El crecimiento había sido vencido por el miedo y gimió como cualquier cachorro asustado.
Lo desconocido le preparaba algún terrorífico dolor, y gemía y gritaba sin cesar. Aquello era algo diferente a quedarse agazapado, petrificado de miedo, mientras lo desconocido acechaba justo a su lado. Lo desconocido le había agarrado bien fuerte. El silencio no le serviría de nada; además, no era miedo, sino terror lo que le agitaba.
Pero la pendiente se hizo más gradual y en su base estaba cubierta de hierba. Allí el lobezno perdió velocidad. Cuando por fin se detuvo, emitió un último aullido agónico y luego un lastimoso gemido. También, y casi dándolo por supuesto, como si en su vida se hubiera ya aseado miles de veces, procedió a lamerse el barro seco que le había ensuciado.