Colmillo blanco
Colmillo blanco Tenía la suerte del principiante. Nacido para ser un cazador de carne (aunque no lo sabía), tropezó con ella justo a la salida de su propia cueva y en su primera incursión en el mundo. De pura casualidad fue a encontrar el nido cuidadosamente oculto de un ptarmigán. Cayó en él. Había estado tratando de caminar por el tronco de un pino que había caído. La madera podrida cedió a su pies y con un chillido desesperado se hundió en el redondo agujero, estrellándose contra la hojarasca y los tallos de un pequeño arbusto y, en el corazón de aquel, en el suelo, se encontró entre siete polluelos de ptarmigán.
Hicieron ruido y al principio se asustó de ellos. Entonces percibió que eran muy pequeños y se envalentonó. Los polluelos se movieron. Puso su pata sobre uno y sus movimientos se aceleraron. Aquello era una fuente de diversión para el lobezno. Olfateó. Se lo llevó a la boca. Lo sintió en la lengua y le hizo cosquillas. Al mismo tiempo se sintió hambriento. Sus mandíbulas se cerraron. Comenzó a masticar los frágiles huesos y la sangre caliente corrió por su boca. El sabor era bueno. Aquello era carne, la misma que su madre le daba, aunque estaba viva entre sus dientes y, por lo tanto, sabía mejor. Así que se comió el ptarmigán y no paró hasta que devoró a la nidada completa. Luego se lamió el hocico, casi de la misma forma en que lo hacía su madre, y salió del arbusto.