Colmillo blanco

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Después de un tiempo, el ptarmigán cesó de luchar. Todavía lo tenía agarrado por el ala, y permanecieron en el suelo, donde se miraron el uno al otro. El lobezno intentó gruñir de forma amenazadora y feroz. El ave le picoteó el hocico, que entonces, después de sus aventuras, estaba dolorido. Él se estremeció, pero no la soltó. El ave le picoteó una y otra vez. De los estremecimientos, el lobezno pasó a los gemidos. Trató de retirarse del alcance del ptarmigán, sin darse cuenta de que, al mantenerlo agarrado, lo arrastraba con él. Una lluvia de picotazos cayó sobre su malparado hocico. El impulso de la lucha fue menguando en él y, después de soltar su presa, se dio media vuelta y se escabulló en una retirada poco gloriosa.

Se recostó para descansar al otro lado del claro, cerca de unos arbustos, con la lengua colgando, el pecho agitado y jadeante y el hocico todavía dolorido, lo que le hacía seguir gimiendo. Pero mientras yacía allí, sintió de pronto que algo terrible le amenazaba. Lo desconocido con todos sus terrores se abalanzaba sobre él y saltó hacia atrás de forma instintiva cobijándose bajo un arbusto. Al hacerlo, sintió un soplo de aire, y un cuerpo grande y alado se deslizó siniestro y silencioso sobre él. Un halcón, que había descendido de los cielos, casi le había alcanzado.


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