Colmillo blanco

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Mientras permanecía en el arbusto, recobrándose de su miedo y observando temeroso el campo abierto, el ptarmigán revoloteó sobre el saqueado nido al otro lado del claro. A causa de la pérdida que había sufrido, no había prestado atención al alado ataque procedente del cielo. Pero el lobezno vio, y fue un aviso y una lección para él, el veloz descenso del halcón, el roce de su pequeño cuerpo al ras del suelo, el impacto de sus garras en la carne del ptarmigán, el chillido de agonía y de miedo del ave y el precipitado ascenso del halcón hacia los cielos, cargando con él.

Pasó algún tiempo hasta que el cachorro abandonó su refugio. Había aprendido mucho. Las cosas vivas eran carne. Eran buenas para comer. También las cosas vivas, cuando eran lo suficientemente grandes, podían hacer daño. Era mucho mejor alimentarse de las pequeñas cosas, como los polluelos del ptarmigán, y dejar en paz a los grandes como la madre ptarmigán. Sin embargo, sentía la llamada de la ambición, el sigiloso deseo de presentar de nuevo batalla al ave adulta, que ya se había llevado el halcón. Quizás existieran otros ptarmiganes; los buscaría.




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