Colmillo blanco

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Al principio gruñó e intentó luchar; pero era muy joven y aquel era su primer día en el mundo; su gruñido se transformó en gemido, su ánimo combativo, en lucha por escapar. La comadreja no se relajaba. Se mantenía agarrada, tratando de morder con más fuerza para alcanzarle la gran vena por la que corría la sangre que le daba la vida. La comadreja era adicta a la sangre y siempre prefería beber en la garganta de la vida misma.

El cachorro gris habría muerto y no habría existido una historia que contar sobre él, si no llega a acudir la loba saltando entre los arbustos. La comadreja dejó escapar al lobezno, se lanzó contra el pescuezo de la loba y, aunque falló, la mordió como si fuera un látigo, y la comadreja salió despedida por los aires. Y, todavía en el aire, las mandíbulas de la loba se cerraron en torno al cuerpo delgado y amarillo. La comadreja encontró la muerte entre los dientes de su enemigo.

El lobezno gozó de otra demostración de afecto por parte de su madre. La alegría de haberlo encontrado parecía mayor que su alegría por haber sido encontrado. Lo mimó y le lamió las heridas que le había producido la comadreja. Luego, madre y lobezno se comieron entre los dos a la bebedora de sangre y, después, se volvieron a la cueva y se echaron a dormir.


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