Colmillo blanco
Colmillo blanco El hambre terminó. La loba llevó a la cueva algo de alimento. Se trataba de una carne extraña, diferente a todas las que había llevado antes. Era una cría de lince ya crecida, como el lobezno, pero no tan grande. Y era todo para él. Su madre ya había satisfecho el hambre en otro lugar, aunque no sabía que lo había hecho devorando al resto de la camada de linces. Ni tampoco supo de la desesperación con la que acometió tal empresa. El cachorro solo sabía que el lince con piel de terciopelo era carne, y lo devoró entusiasmándose con cada mordisco.
El estómago satisfecho conduce a la inactividad y el cachorro se tumbó en la cueva, durmiendo junto a su madre. Se despertó al oír que ella gruñía. Hasta entonces, nunca la había escuchado gruñir de forma tan terrible. Posiblemente sería el gruñido más feroz de su vida. Debía existir una razón y nadie la sabía mejor que ella. El cubil del lince no queda vacío sin castigo. Bajo el resplandor de la luz de la tarde, acurrucado en la entrada de la cueva, el cachorro vio a la madre lince. El pelo se le erizó en el lomo nada más verla. Allí estaba el terror y no hacía falta que su instinto se lo indicara. Y si la visión no era suficiente, el rugido de cólera que emitió la intrusa, que comenzó como un gruñido y degeneró rápidamente en un ronco bramido, fue bastante convincente por sí mismo.