Colmillo blanco
Colmillo blanco Los cuatro indios se echaron a reír en voz más alta e incluso el hombre al que había mordido se unió a ellos. Rodearon al lobezno riéndose, mientras él expresaba su miedo y su dolor. En mitad de aquel alboroto, el cachorro oyó algo. Los indios también lo oyeron. Pero el cachorro sabía de qué se trataba y, con un último y prolongado aullido en el que se advertía triunfo más que pena, dejó de gemir y esperó a que llegara su madre, feroz e indomable, que luchaba y aniquilaba todas las cosas y que nunca tenía miedo. Gruñía mientras avanzaba corriendo. Había oído los gemidos de su cachorro y se apresuraba a salvarle.
De un salto se situó entre ellos, y su aspecto maternal, inquieto y agresivo, le restó belleza. Pero para el lobezno el espectáculo de su furia protectora fue un placer. Emitió un aullido de alegría y brincó para unirse a ella, mientras los animales-hombre retrocedían varios pasos. La loba permaneció delante de su cachorro, encarándose con los hombres, con el pelo erizado y un profundo gruñido escapando de su garganta. Su rostro estaba descompuesto y mostraba su amenazadora malignidad; su gruñido era tan formidable que había arrugado el hocico desde la punta hasta los ojos.
Entonces un hombre gritó:
—¡Kiche! —fue lo que pronunció. Era una exclamación de sorpresa.