Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Uno de los indios se levantó, caminó en su dirección y se detuvo ante él. El lobezno se agazapó más todavía en el suelo. Era lo desconocido por fin materializado en carne y hueso, que se inclinaba apoderándose de él. Su pelo se erizó involuntariamente; frunció el hocico y sus blancos colmillos quedaron al descubierto. La mano, extendida sobre él como un fatídico hado, vaciló, y el hombre dijo unas palabras riendo: «Wabam wabisca ip pit tah» («¡Mira! ¡Los colmillos blancos!»).

Los otros indios se echaron a reír y animaron al hombre a que cogiera al cachorro. Mientras la mano se acercaba más y más, una lucha de instintos se desencadenó en el lobezno. Experimentó dos grandes impulsos: ceder o luchar. La acción resultante fue un término medio. Hizo ambas cosas. Cedió hasta que la mano casi le rozaba y, luego, luchó mordiendo la mano. Al instante recibió un manotazo en la cabeza que le hizo apartarse. Entonces todo deseo de lucha desapareció de él. Su corta edad y el instinto de sumisión se hicieron cargo de él. Se sentó y comenzó a gemir. Pero el hombre cuya mano había mordido estaba furioso. El lobezno recibió otro manotazo; se levantó y continuó gimiendo con más intensidad.



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