Colmillo blanco
Colmillo blanco El lobezno no había visto hasta entonces a un hombre y, sin embargo, poseía un instinto relacionado con la especie humana. De forma confusa reconocía al hombre como el animal que había luchado por alcanzar la supremacía entre los demás animales de lo salvaje. Contemplaba al hombre no solo a través de sus ojos, sino a través de los de todos sus antecesores, a través de ojos que habían acechado en la oscuridad innumerables campamentos de invierno, que habían observado a prudencial distancia y desde el corazón de la espesura a aquel extraño animal de dos patas que era el rey de las cosas vivientes. El hechizo de la herencia del lobezno se apoderó de él: el miedo y el respeto nacidos de siglos de lucha y de las experiencias acumuladas por generaciones. La herencia era demasiado atrayente para un lobo que tan solo era un cachorro. Si hubiera sido un lobo adulto, habría huido. Tal y como era, se sintió atenazado por la parálisis del miedo y emitió parte de las señales de sumisión que su especie había emitido desde la primera vez que el lobo se acercó para sentarse junto a la hoguera del hombre y calentarse.