Colmillo blanco
Colmillo blanco El último perro retrocedió. El coro de ladridos cesó y Colmillo Blanco se lamió las heridas al tiempo que meditaba sobre su primer contacto con el sabor de la crueldad de la jauría y su presentación ante ella. Jamás había soñado que su propia especie consistiera en algo más que Tuerto, su madre y él. Ellos habían constituido una especie aparte y allí, de pronto, había descubierto muchas más criaturas que aparentemente eran de su especie. Y se encontró con que ellos, su especie, le habían atacado a primera vista y habían intentado destruirle. En aquel mismo sentido, le había molestado que ataran a su madre, a pesar de que lo hubieran hecho los animales-hombre, superiores a él. Tenía sabor a trampa, a cautiverio. Sin embargo, todavía no comprendía el significado de trampa, ni el de cautiverio. Su herencia había sido la libertad para vagar, correr y descansar a voluntad, y aquella libertad estaba siendo usurpada. Los movimientos de su madre se reducían a la longitud del mismo palo con el que se reducían los suyos, ya que por el momento no tenía otra necesidad que estar junto a su madre.