Colmillo blanco
Colmillo blanco La luz del atardecer cayó y se hizo de noche. Colmillo Blanco yacía junto a su madre. La nariz y la lengua todavía le dolían, pero estaba atónito ante un problema mayor. Tenía melancolía de su hogar. Sentía un vacío dentro de él, una necesidad del silencio y la quietud del arroyo y de la cueva del terraplén. La vida se había llenado de muchos seres. Había demasiados animales-hombre, hombres, mujeres y niños que hacían ruidos y le enojaban. Y había perros, siempre riñendo y disputando, alborotando y organizando escandaleras. La descansada soledad de la única vida que había conocido se había esfumado. Allí, el mismo aire palpitaba lleno de vida. Murmuraba y zumbaba con ritmo creciente. Continuamente cambiaba su intensidad y variaba repentinamente de tono; le afectaba a los nervios y a los sentidos, le hacía sentirse inquieto, desasosegado y le preocupaba con la perpetua inminencia de lo que pudiera ocurrir a continuación.