Colmillo blanco
Colmillo blanco Pero aquella renuncia a su cuerpo y a su alma para entregársela al animal-hombre no ocurrió en un dÃa. No pudo olvidar de inmediato su herencia selvática y sus recuerdos de lo salvaje. Hubo dÃas en los que se aventuró hasta el lÃmite del bosque y allà se quedaba quieto, escuchando el sonido de una lejana llamada. Y siempre regresaba desasosegado e intranquilo, para gemir con suavidad y melancolÃa junto a Kiche y para lamer su rostro con ansia y perplejidad.
Colmillo Blanco aprendió con rapidez las costumbres del campamento. Conoció la injusticia y la avaricia de los perros más viejos con la carne o el pescado que se les arrojaba para alimentarse. Se dio cuenta de que los hombres eran más justos, los niños más crueles y las mujeres más amables y más propicias a arrojarle un trozo de carne o un hueso. Y después de dos o tres aventuras dolorosas con las madres de dos cachorros más crecidos, advirtió que la mejor polÃtica era dejar a aquellas madres solas, mantenerse lo más alejado de ellas y evitarlas cuando viera que se acercaban.