Colmillo blanco
Colmillo blanco Por fin, Castor Gris retiró la mano. Colmillo Blanco, suspendido con desmayo, continuó lloriqueando. Aquello pareció satisfacer a su amo, quien lo arrojó con rudeza al fondo de la canoa. Mientras tanto, la embarcación se había deslizado río abajo. Castor Gris cogió el remo. Colmillo Blanco le estorbaba. Con el pie le dio una patada salvaje. En aquel momento, la naturaleza libre de Colmillo Blanco se desató de nuevo y hundió sus dientes en el mocasín del indio.
La paliza que había recibido antes no fue nada comparada con la que le propinó después. La ira de Castor Gris era terrible; tanto como el pavor de Colmillo Blanco. No solo la mano, sino el pesado remo de madera fue usado contra él e hirió y magulló su pequeño cuerpo hasta que, por fin, volvió a arrojarle al fondo de la canoa. De nuevo, y aquella vez a propósito, Castor Gris le dio una patada. Colmillo Blanco no repitió su ataque. Había aprendido otra lección en su cautiverio. Nunca, daba igual bajo qué circunstancias, debía atreverse a morder a un dios que era su amo y señor; el cuerpo del amo y señor era sagrado y no debía ser profanado por unos dientes como los suyos. Aquello era evidentemente un crimen de crímenes, la única ofensa que no admitía perdón ni podía pasarse por alto.