Colmillo blanco

Colmillo blanco

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MĂĄs aĂșn: el mismo Castor Gris le arrojaba de vez en cuando algĂșn trozo de carne y le defendĂ­a de los demĂĄs perros para que comiera tranquilo. Y tales trozos de carne tenĂ­an mucho valor. ValĂ­an mĂĄs, por alguna extraña razĂłn, que una docena de trozos arrojados por una india. Castor Gris nunca le mimaba ni le hacĂ­a carantoñas. QuizĂĄs por el peso de su mano, quizĂĄ por su sentido de la justicia, quizĂĄ por su absoluto poder o quizĂĄ porque todas aquellas cosas influĂ­an sobre Colmillo Blanco, una cierta ligazĂłn se estaba consolidando entre Ă©l y su malhumorado amo.

De forma solapada y por remoto sendero, así como por el poder del palo, de la piedra y de los manotazos, fue como la cadena de la esclavitud de Colmillo Blanco fue cerråndose sobre él. Las cualidades de su especie, que al principio hicieron posible a los lobos acercarse al fuego de los hombres, eran cualidades que podían desarrollarse. Y en él se estaban desarrollando, y la vida del campamento, sumida como estaba en la pobreza, le era insensiblemente mås y mås querida. Sin embargo, Colmillo Blanco no se daba cuenta de nada de aquello. Solo reconocía el dolor por la pérdida de Kiche, la esperanza de su regreso y la desaforada nostalgia de la vida en libertad que había sido la suya en otro tiempo.


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