Colmillo blanco
Colmillo blanco Henry recibió aquella información con un gruñido que se convirtió en un ronquido al volver a caer en un profundo sueño.
Por la mañana fue Henry el que se despertó antes y sacó a su compañero de la cama. La luz del dÃa tardarÃa todavÃa tres horas más, aunque ya eran las seis en punto, y en la oscuridad Henry se puso a preparar el desayuno, mientras Bill enrollaba las mantas y disponÃa el trineo para partir.
—Dime, Henry —preguntó de pronto—, ¿cuántos perros me dijiste que tenÃamos?
—Seis.
—No —proclamó Bill triunfante.
—¿Siete otra vez? —preguntó Henry.
—No, cinco; uno se ha ido.
—¡Maldita sea! —exclamó Henry dejando la preparación del desayuno para contar los perros.
—Llevas razón, Bill —concluyó—. Gordito se ha ido.
—Pues debió correr como un relámpago cuando se marchó. No pudimos ni verle.
—No tenÃa escapatoria —dijo Henry—. Lo habrán devorado vivo. Te apuesto a que estaba aullando mientras engullÃan, ¡esos malditos!
—Siempre fue un perro tonto —dijo Bill.