Colmillo blanco
Colmillo blanco —Dime, Henry, ese otro que se metió entre los perros y se comió un pescado, ¿por qué no le atacaron los perros? Eso es lo que me preocupa.
—Te estás preocupando mucho, Bill —fue la soñolienta respuesta—. Nunca te has puesto asÃ. Cállate y duerme y mañana te sentirás como nuevo. Tienes acidez de estómago; eso es lo que te molesta.
Los dos hombres durmieron, respirando con fuerza, uno al lado del otro, bajo una misma manta. El fuego fue decayendo y el cÃrculo de relucientes ojos se fue estrechando sobre el campamento. Los perros se agrupaban miedosos y gruñÃan amenazadores cuando un par de ojos se acercaba más de la cuenta. Una vez que los gruñidos se hicieron desesperados, Bill se despertó. Salió del lecho con precaución para no interrumpir el sueño de su compañero y echó más leña al fuego. En cuanto comenzó a llamear con renovado vigor, el cÃrculo de ojos volvió a retirarse. De forma despreocupada miró a los amontonados perros. Se frotó los ojos y los contempló con más atención. Entonces se echó sobre las mantas.
—Henry —dijo—. Oh, Henry.
Henry refunfuñó al despertarse y preguntó:
—¿Qué es lo que pasa ahora?
—Nada —fue la respuesta—, solo que ahora vuelven a ser siete. Acabo de contarlos.