Colmillo blanco
Colmillo blanco —Henry, es una maldita desgracia que nos hayamos quedado sin munición.
Bill había terminado de fumar su pipa y ayudaba a su compañero a extender la cama de pieles y mantas sobre las ramas de los abetos que había preparado sobre la nieve antes de cenar. Henry gruñó y comenzó a desabrocharse los mocasines.
—¿Cuántos cartuchos dijiste que te quedaban? —preguntó.
—Tres —fue la respuesta—. Y me gustaría que hubieran sido trescientos. Así podría mostrarles para qué sirven, ¡malditos sean!
Sacudió uno de sus puños con furia contra los relucientes ojos y colocó sus mocasines junto al fuego.
—Y me gustaría también que pasara esta ola de frío —continuó—. Llevamos ya dos semanas con cincuenta grados bajo cero; y también quiero que acabe este viaje, Henry. No me gusta el cariz que está tomando. No me siento bien, no sé…, me gustaría que el viaje hubiera acabado y que tú y yo estuviéramos en el fuerte McGurry jugando al cribbage[1]…, eso es lo que me gustaría.
Henry volvió a gruñir y se metió en el improvisado lecho. Cuando ya estaba medio dormido, su compañero le despertó.