Colmillo blanco
Colmillo blanco Del acoso de la jauría aprendió dos cosas importantes: cómo cuidar de sí mismo en los ataques en masa que recibía y cómo, en una disputa con un solo perro, infligir el mayor daño en el menor tiempo posible. Mantenerse en pie en mitad de un pelotón hostil era la vida y aquello lo aprendió bien. Se volvió como un gato en su habilidad para mantenerse a cuatro patas. Incluso los perros adultos le arrojaban violentamente de costado o hacia atrás con el impacto de sus cuerpos y, aunque le lanzaran atrás o de costado, por el aire o arrastrándose por el suelo, siempre caía de pie, siempre permanecía bien afianzado a la madre tierra.
Cuando los perros luchaban siempre existían unos preliminares del verdadero combate: gruñidos, pelo erizado y andares rígidos. Pero Colmillo Blanco aprendió a saltarse estos preliminares. Retrasarse significaba que todos los perros jóvenes se echarían sobre él. Debía hacer su trabajo con rapidez y salir huyendo. Así que aprendió a no advertir de sus intenciones. Se abalanzaba, mordía y atacaba en un instante, sin previo aviso, antes de que su enemigo pudiera preparar el choque con él. Así, aprendió a causar daño con rapidez e intensidad. También aprendió el valor del factor sorpresa. Un perro, sorprendido sin defensa, con la paletilla desgarrada o con la oreja hecha jirones antes de que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, era un perro medio vencido.