Colmillo blanco
Colmillo blanco Un árbol, que se contraía con el frío de la noche, emitió un ruido. Se produjo justo encima de él. Aulló de miedo. El pánico lo asaltó y corrió enloquecido hacia el campamento. Le invadió la abrumadora necesidad de la protección y la compañía del hombre. En su nariz permanecía el olor del campamento; en sus oídos los sonidos, y los gritos continuaban oyéndose. Dejó atrás el bosque y corrió por un espacio abierto, iluminado por la luna, en el que no había sombras ni tinieblas. Pero ninguna aldea apareció ante sus ojos. Lo había olvidado: la tribu se había marchado de allí.
Su salvaje huida cesó de pronto. No había lugar al que huir. Caminó, furtivo y desamparado, a través del desierto campamento oliendo los montones de basura y los desechos de los dioses. Se hubiera alegrado de oír los zumbidos de las piedras arrojadas por alguna mujer malhumorada, de la mano de Castor Gris golpeándole con ira, lo mismo que hubiera recibido con placer a Hocicos y a la cobarde y escandalosa jauría.