Colmillo blanco
Colmillo blanco Se acercó al lugar en el que se había levantado el tipi de Castor Gris. En el centro del espacio que había ocupado, se sentó. Señaló a la luna con la punta de su nariz. Su garganta se vio sacudida por rígidos espasmos, su boca se abrió y un grito desolador expresó su soledad y su miedo, su dolor por Kiche, todas sus pasadas penas y tristezas, así como su temor al sufrimiento y a los peligros que habían de llegar. Era el largo aullido del lobo, profundo y lastimero, el primer aullido que pronunció.
La llegada del día disipó sus temores, pero incrementó su soledad. La tierra desnuda, que poco tiempo antes había estado llena de vida, arrojaba su soledad de forma enérgica contra él. No tardó mucho en decidirse. Se lanzó hacia el bosque y siguió la orilla del río hacia el arroyo. Corrió durante todo el día y no descansó. Parecía haber nacido para correr sin detenerse. Su cuerpo, forjado como el acero, no conocía la fatiga. E incluso cuando la fatiga apareció, su heredada resistencia lo impulsó a realizar un esfuerzo sin fin y permitió que su cuerpo exhausto siguiera adelante.