Colmillo blanco
Colmillo blanco Los meses pasaban. El viaje de Castor Gris continuaba. La fuerza de Colmillo Blanco se fue desarrollando por las largas horas de camino y el esfuerzo constante arrastrando el trineo. De la misma forma, su desarrollo mental había terminado prácticamente. Había llegado a saber con bastante precisión en qué mundo vivía. Su visión era poco favorable y materialista. El mundo, tal y como él lo entendía, era feroz y brutal, un mundo sin calor, un mundo en el que el cariño, el afecto y la resplandeciente dulzura del espíritu no existían.
No sentía cariño por Castor Gris. En realidad, era un dios, pero un dios salvaje. Colmillo Blanco estaba satisfecho de reconocer su autoridad, pero esta estaba sustentada en una inteligencia superior y en la fuerza bruta. En lo más profundo de su ser, Colmillo Blanco sentía que aquella autoridad era algo deseable; de otra forma no habría vuelto desde las Tierras Vírgenes para demostrarle su lealtad. Existían profundidades en su interior que jamás había imaginado. Una palabra amable, una caricia de Castor Gris habrían descubierto aquellas profundidades; pero Castor Gris no acariciaba ni pronunciaba palabras amables. No era su forma de actuar. Su esencia era salvaje y gobernaba salvajemente, administrando justicia con el palo, castigando cada transgresión con un golpe y recompensando el mérito, no con la amabilidad, sino sin infligir el castigo.