Colmillo blanco
Colmillo blanco Y no volvieron a conversar hasta que montaron el campamento.
Henry estaba agachado añadiendo un trozo de hielo al cazo en que preparaban las judías cuando se sobresaltó al oír un golpe, una exclamación de Bill y el agudo aullido de uno de los perros. Se irguió a tiempo para observar una forma difusa desapareciendo en la nieve al abrigo de la oscuridad. Luego miró a Bill, que estaba entre los perros, medio triunfante, medio alicaído, en una mano un grueso palo y en la otra la cola y parte del cuerpo de un salmón curado al sol.
—Se llevó la mitad —dijo—, pero yo no me quedé manco. ¿Le oíste cómo aullaba?
—¿A qué se parecía? —preguntó Henry.
—No pude verlo. Pero tenía cuatro patas y hocico y pelo y parecía un perro cualquiera.
—Puede ser un lobo domesticado, creo yo.
—Pues maldito, sea lo que sea. ¡Viene aquí a la hora de comer y se lleva medio pescado!
Aquella noche, cuando terminaron la cena y se sentaron sobre la caja cuadrangular y sacaron sus pipas, el círculo de ojos relucientes se cerró más que la noche anterior.
—Me gustaría que descubrieran un rebaño de alces o algo así y que se fueran y nos dejaran en paz —dijo Bill.