Colmillo blanco
Colmillo blanco Henry gruñó con una entonación que no era precisamente de benevolencia y durante un cuarto de hora se mantuvieron en silencio en la misma posición, Henry mirando el fuego sin pestañear y Bill al cÃrculo de ojos que ardÃan en la oscuridad justo por encima de la luz de la hoguera.
—Me gustarÃa que estuviéramos llegando a McGurry ahora mismo —comenzó de nuevo.
—Deja ya de cotorrear y de contarme lo que deseas y lo que temes —exclamó Henry de mal humor—. Tienes acidez de estómago; eso es lo que te pasa. Tómate una cucharada de bicarbonato y te tranquilizarás un poco, y asà serás una compañÃa agradable.
Por la mañana, Henry se levantó al oÃr una vehemente blasfemia en boca de Bill. Henry se apoyó en un codo y observó a su compañero, que estaba de pie entre los perros junto a la hoguera recién avivada, con los brazos levantados maldiciendo y con el rostro desencajado por la cólera.
—¡Oye! —llamó Henry—. ¿Qué pasa ahora?
—Rana se ha ido —fue la respuesta.
—No.
—Te digo que sÃ.