Colmillo blanco

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Henry retiró las mantas y caminó hacia los perros. Los contó con cuidado de no equivocarse y luego se unió a las maldiciones de su compañero contra los poderes de las Tierras Vírgenes que les habían robado otro perro.

—Rana era el más fuerte del grupo —dijo por fin Bill.

—Y no era un perro tonto —añadió Henry.

Y aquel fue el segundo epitafio en dos días.

Desayunaron apresuradamente y luego engancharon los cuatro perros al trineo. El día fue la repetición de los anteriores, y los hombres avanzaron sin hablar sobre el rostro de aquel mundo helado. Nada rompió el silencio salvo los aullidos de sus perseguidores, que, invisibles, continuaban en retaguardia. Con la llegada de la noche a media tarde, los aullidos se hicieron más cercanos, ya que los perseguidores acechaban según su costumbre; los perros se inquietaron y se asustaron tanto que enredaron las correas y consiguieron deprimir a los dos hombres.

—Así, esto os sujetará, criaturas —dijo Bill con satisfacción aquella noche, erguido frente a los perros al terminar su trabajo.


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