Colmillo blanco
Colmillo blanco No había escapatoria. La única salida estaba entre los dos tipis y el chico la cerraba. Con el palo preparado para golpearle, avanzó hacia su arrinconada presa. Colmillo Blanco estaba furioso. Se encaró con el muchacho, erizando el pelo y gruñendo, al sentir que su noción de la justicia había sido atropellada. Conocía la ley que regulaba los alimentos. Todo resto de carne, como los helados pedacitos, pertenecían al perro que los había encontrado. Así pues, él no había cometido ningún error, no había infringido ninguna ley y, sin embargo, aquel muchacho se preparaba para darle una paliza. Colmillo Blanco apenas sabía qué era lo que ocurría. Lo hizo en un acceso de ira y lo realizó con tanta rapidez que el chico tampoco llegó a saberlo. Todo lo que advirtió el muchacho fue que de alguna forma había sido derribado en la nieve y que la mano en la que sostenía el palo sangraba a causa de los dientes de Colmillo Blanco.