Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Pero Colmillo Blanco se dio cuenta de que había violado la ley de los dioses. Había hincado sus dientes en la carne sagrada de uno de ellos y no cabía esperar nada excepto el más terrible castigo. Huyó junto a Castor Gris, detrás de cuyas piernas protectoras se acurrucó cuando el muchacho al que había mordido y toda su familia acudieron para pedir venganza. Pero se marcharon sin haber satisfecho tal deseo. Castor Gris defendió a Colmillo Blanco. Lo mismo hicieron Mit-sah y Kloo-kooch. Colmillo Blanco, escuchando la guerra de palabras y observando los coléricos gestos, supo que su acción estaba justificada. Y así fue como aprendió que había dioses y dioses. Existían sus dioses y los otros, y entre ellos había diferencias. Justicia o injusticia, todo era lo mismo, debía tomar las cosas de las manos de sus propios dioses. Pero no estaba obligado a aceptar la injusticia de otros dioses. Era privilegio suyo mostrar su desacuerdo con sus dientes. Y aquella misma observación era también una ley que los dioses habían promulgado.







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